Telaraña Digital, Paraná

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viernes 13 de septiembre de 2013

Echarse a rodar

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Ivana Ramírez y Diego Yepes junto a su niña y su perra dejaron Buenos Aires, donde vivían, y desde abril son una familia nómade. Viajan en un motorhome del ’66. Decidieron cambiar de vida y emprender una ruta cuasi improvisada, que tiene un objetivo: dar la vuelta al mundo bailando tango. En camino a cumplirlo, pasaron por Paraná.
Gisela Romero

Los primeros calores primaverales comienzan a sentirse en Paraná. En la calle, la gente ya viste de manera ligera, todavía no siente agobio por el calor, pero se muestra más aplastada por la temperatura que acusa casi 30° grados este 9 de setiembre. El andar del Clío también es moderado, tranquilo, sin sobresaltos vehiculares. Por fin, unos minutos después de las 10, logra dejar atrás la transitada Avenida Ramírez y tomar derecho una, dos, tres, varias cuadras hasta llegar al Thompson. Es hora de la cita.

A unos metros del río, se deja ver un imponente motorhome. El Pegaso, marca de bandera en España, se despliega en medio de los árboles, en una calle interna del balneario paranaense, que esta mañana amaneció solitario. Un vehículo “viejito pero noble”, de doce metros de largo, capaz de albergar el sueño de viajar, compartido por Ivana Ramírez, Diego Yepes, Penélope, su niña de apenas 2 años, y su perra Nina.

Ivana y Diego se conocieron allá por el 2005. Ella ya era profesora de japonés. Él, su alumno. Entre clase y clase, él comenzó a invitarla a salir. Pero no conseguía sacarle una cita. Entonces, le propuso enseñarle las bondades del baile de compás de dos por cuatro, y están juntos desde entonces.

Hoy sueñan viajar tanto, tanto, como para dar la vuelta al mundo haciendo y compartiendo lo que saben: bailar tango.

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Ivana, Diego y Penélope están recién levantados. Un sol de media mañana se cuela por el parabrisas y las siete ventanitas del motorhome. Se genera un microclima inmejorable. Una mezcla de calor de hogar otoñal, cuando afuera la temperatura amenaza con recalentar las llantas.

Una mesa empotrada y dos asientos enfrentados, se vuelven confortables con los almohadones de cuerina. De frente, a la derecha de la puerta, una suerte de sillón desplegable se extiende cuando llegan las visitas.

En esa pequeña mesa, se mezcla una panera con sobrecitos de azúcar, bizcochos embolsados, tazas, libros de cuento y juegos de mesa de Penélope, un Off necesario para hacerle frente a los mosquitos de las zonas costeras, y hasta cinta scotch.

Dicen que es el día que más desordenado ha estado el motorhome, pero a veces las tareas hogareñas quedan postergadas. Igual, hay espacio para que Penélope corra, suba arriba de la panza de Nina, la tome por las patas y rueden juntas, dando grititos y ladridos.

Más atrás, la cocina, una bacha con ollas que esperan ser lavadas; el baño, una cuna, una cama matrimonial. La madera amarronada de los muebles se muestra lustrosa. El vehículo denota su historia desde el ’66, pero se ve sólido, fuerte, seguro para transportar a la familia.

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Apenas dos o tres meses les llevó a Ivana y Diego proyectar “la vuelta al mundo bailando tango”. A partir de una situación familiar “muy fuerte”, quisieron cambiar de vida. Además, el nivel de estrés en Capital Federal era alto, tanto como desear dar un giro de 180° e ir detrás de una calidad de vida que, hacía rato, sentían no tener. Para conseguirlo, comenzaron contactándose con otras familias rodantes, buscaron información para decidir cuál era el vehículo adecuado para salir a rodar, cómo iba a ser el viaje, cómo lo financiarían.

Con el motorhome elegido, comprado y reparado, a mediados de abril hicieron suya la ruta, aun con todos aquellos recaudos, sin demasiada preparación. Hoy, van aprendiendo sobre el camino cómo hacer el viaje, que sigue siendo “bastante improvisado”.

—Quisimos cortar con la vida en Capital Federal. No teníamos destino y nos enteramos de este nuevo estilo de vida, que nos pareció muy atractivo y lindo. Desayunar delante de un río o de una laguna no es una rutina, pero prácticamente es así —dice Diego a Telaraña.

…………….

Diego nació, creció y vivió buena parte de sus 45 años en Buenos Aires. Por esto dice conocer“profundamente” cada uno de sus rincones. Los barrios Almagro, Palermo, Abasto —por nombrar solo algunos— parecen no tener secretos para él. No cree que los porteños sean “malos intrínsecamente”, pero está convencido de que el ritmo de vida y el hacinamiento de la gran ciudad los lleva a actuar de determinadas formas acordes “con la estrategia de supervivencia”. Él ya no deseaba encajar en ese molde. Ivana tampoco. Para ella, no conocer a su vecino de al lado, de enfrente, no saludarlo, a veces ni mirarlo ni interesarse por cómo estaba, era algo habitual. Costumbres que, a sus 42 años, comenzó a querer modificar y que, sabía, no iba a ser posible en el corazón del Abasto.

Allí mismo, frente a Ciudad Cultural Konex, Ivana y Diego trabajaban en un hostel de su propiedad, de sol a sol, de domingo a domingo, sin vacaciones ni descanso. En una inmensa casona transcurría lo cotidiano. En la planta baja, la vida familiar, en el segundo y tercer piso, la vida de los visitantes.

Finalmente, todo quedó atrás.

—Hasta que no salimos, no pudimos saber que había otra vida. Imaginábamos, pero no la podíamos tocar ni ver —reflexiona Ivana—. Entonces, todo esto que estamos viviendo desde abril, para nosotros es un cambio importante, al punto de decir que cuando nos volvamos a instalar en un lugar, seguramente no va a ser en Capital Federal.

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Hace más de 20 años Diego comenzó a bailar tango. Viviendo en el extranjero alguien le pidió que hiciera una demostración. “Así se generó la cuota pendiente”.Aprenderlo, interpretarlo con el cuerpo, nunca fue un desafío para él. Y sus profesores siempre lo estimularon a seguir adelante. En esa época no se hablaba del boom del tango, por lo cual “la presencia femenina” lo inclinó a este ritmo y empezó a dedicarse intensamente a conocerlo. Era soltero. Pasaba muchas horas, todos los días bailando, tomando o dando clases, ensayando. Mientras se formaba tenía ofertas para dar clase. Después empezó a organizar milongas en la Confitería Ideal. Luego a hacer una revista y, en otra etapa, ya en familia, llegó el hostel.

—Lo que estamos haciendo ahora es otro desafío. Es sacar al tango de la madriguera donde nació y se crió, y empezar a tirarlo en lugares abiertos, a extrapolarlo y sacarlo de su cascarón —explica.

Bajo esa premisa andan de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad. Dicen que sintieron “millones de miedos” al emprender esta aventura y que todavía los tienen. No salieron creyendo que no iban a tener inconvenientes, pero lo hicieron con la convicción de superarlos y salir para adelante.

Con Ivana y Diego viaja una perra, de ojos enormes la canela, revoltosa, una compañera incondicional de Penélope. Nació y a los pocos meses Nina también giraba por la Argentina. Para este entonces, lleva vivida más vida en la ruta que en la calle o una casa tradicional.

Juntos, en familia, recorrieron la provincia de Buenos Aires, luego tomaron hacia el norte, llegaron a Córdoba pero la altura los devolvió a Santa Fe y luego a Entre Ríos. La mañana que nos encontramos en Paraná, a través de una de las ventanas del motorhome se veía el inmenso río. Un vientito cálido llegaba al interior del Pegaso. La arena no pedía permiso para entrar al vehículo. El tiempo, por momentos, pareció detenerse.

Y ahora hacia dónde van —pregunto—

—Para el lado de Gualeguaychú—responde Diego—.

—Para Colón, porque vamos a Uruguay, nos esperan en Montevideo —agrega Ivana—. Así que está más a mano salir por ahí.

—Sí, pero en Gualeguaychú hay gente que quería que demos clases.

—Tendría que llamarlos —dice ella, perdiéndose en un pensamiento y vuelve—. Bueno, así somos. Salimos de un lugar, nunca sabiendo a dónde vamos a ir.

—Nos ha pasado tener el motor en marcha, sin saber para dónde vamos.

—Siempre surge algo a último momento que nos dice: es para allá.

—Nuestro destino es el viaje, entonces no tenemos un destino geográfico ni un plazo de organización. Estamos echados a rodar. Tenemos marcado un mapa que le pega directamente la vuelta al mundo.

Hoy me levanté temprano. En medio de uno y otro mate amargo, la computadora estuvo encendida. Poco después Facebook me regaló un mensaje de Ivana y Diego. “Entrando a la Ciudad de Concordia…”, decía. Los imaginé en la costanera, frente al río Uruguay, abriendo las cortinitas de su casa rodante para compartir un nuevo desayuno. Te, café, leche para Penélope. Una lata debajo del gran vehículo para que Nina se alimente. Los imaginé bromeando con eso de que “el motorhome siempre está sucio” y además “la nena saca tres juguetes y es un quilombo”. Nómades los pensé, como ellos también se van sintiendo.

Fotos: Telaraña Digital

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